Backstage con VERTIGO

¿Qué ocurre en el backstage del Festival PRISMA la noche en que recibe a una de las compañías más reconocidas por su labor artística en Israel, y quiénes son los que, sin ser vistos, hacen posible que un espectáculo aclamado mundialmente salga adelante, con la impecabilidad y eficacia con que acostumbra hacerlo en los grandes escenarios del planeta?

IMG-20181015-WA0184

POR SALVADOR MEDINA BARAHONA

La mayoría de los mortales, incluyéndome, no tiene idea de lo que pasa en un backstage un día, unas horas o minutos antes de una función. En ese sitio penumbroso trabajan febrilmente un grupo de personas sin cuya intervención el espectáculo jamás se llevaría a cabo.

Usualmente cuando escuchamos el término backstage (la frase en castellano no técnico es “tras bastidores”, y usaré aquí ambas sin aprensiones), uno lo asocia con los artistas, sus camerinos, sus vestuarios, su maquillaje, sus poses de celebridad, sus remilgos, y  hasta con una que otra entrevista de prensa especializada hecha a las volandas al director artístico, mánager o alguno de los artistas que brillarán bajo los reflectores. Y sí, algo de eso vi muy de pasada. ¡Qué otra cosa podía esperar!

Ahora, confieso que el único “periodista cultural” autorizado para estar allí en esta ocasión era yo y que el foco de mi reportaje será otro: me centraré en aquellos que, sin ser vistos, son indispensables para la puesta en escena.

Fui llevado de la mano de la propia Ximena Eleta de Sierra, Codirectora del Festival PRISMA, y lo primero que hizo fue mostrarme la “oficina” temporal de la producción, un camerino del Teatro Anayansi del Centro de Convenciones Atlapa, poblado de cajas y pequeños bultos de agua embotellada. Allí estaba Sthephanie Lee, la Productora, con los ojos metidos en su ordenador. “Es que tiene que pagar las cuentas de las últimas presentaciones”, me dice Ximena, al tiempo en que le informa que yo estaré por allí dando vueltas un rato con el fin de hacer unas notas sobre lo que ocurre de ese otro lado. Ella asiente, saluda y sigue en lo suyo.

IMG-20181015-WA0193

A continuación, Ximena me lleva hasta el umbral del camerino donde se encuentran la Directora Artística de la compañía (revolviendo, buscando, tratando de encontrar algo en su maleta) y otro señor apoltronado que, lo descubro más tarde, está a cargo del equipo de técnicos y bailarines israelíes; es quien lleva la voz de mando tras escena. Me presenta con él y es enfática al decirle, con la gracia que la caracteriza, que no hay nada que temer, que yo soy parte del equipo de corpoescritores de PRISMA, no un infiltrado, y estaré “cubriendo” backstage.

En broma o en serio, estas cosas hay que dejarlas claras; nada ni nadie debe perturbar la tensa calma que existe antes de iniciar la función de  VERTIGO (y en realidad de cualquier otra compañía que asista a PRISMA, invitada o seleccionada; ya que todas tienen grandes méritos, ¡y las que han sido seleccionadas lo son de entre más de cuatrocientos cincuenta propuestas!).

Yo había acordado con Ximena que le dijera a uno de sus fotógrafos estrella que sacara algunas tomas mientras yo hacía lo mío. Cuando entré, ya él estaba dentro. No cruzamos palabra. Él sabía lo que tenía que hacer: disparar aquí y allá. Yo seguía medio paralizado cuando Ximena salió a atender a los embajadores que se darían cita esa noche y me dejó en manos de Ana Camila, la anfitriona de los artistas, quien, haciendo honor a su cargo, me atendió con una cortesía inmejorable.

Y qué bueno que fuera así, porque con Alex Morales, el Director Técnico*, apenas si pude cruzar mirada, ¡pues estaba en afanes!, y comprendí de inmediato que no debía perturbar su labor. “Él es el que coordina todo aquí”, me dijo Ana Camila cuando ingresamos a la parte trasera del escenario. “Es el enlace entre los técnicos de la compañía artística y el teatro; él dirige el montaje, dice cuántos minutos faltan para que entre el público, cuándo hay que hacer silencio, y determina cuándo todo el mundo tiene que salir del área”. ¡Y lo que ella me decía iba ocurriendo tal cual!

* [En declaración posterior, Morales hizo énfasis en que el Festival PRISMA contó en la “tras escena”, ya no solo de Vertigo sino del conjunto previo de compañías nacionales e internacionales, con un equipo de 22 personas “en la penumbra”, divididos en tres espacios escénicos, que trabajaron “con un alto grado de responsabilidad, sensibilidad e invisibilidad”.]

IMG-20181015-WA0182

Durante el breve recorrido Ana Camila me explicaba sus propias funciones: “Yo soy la encargada de transporte, coordinadora de anfitriones y anfitriona yo misma de la compañía VERTIGO. Me toca cuidar que los artistas sigan el itinerario fijado, velo por su salud, su alimentación y su comodidad, incluso me toca hacer de traductora”.

Acá, durante el show, se trabaja a oscuras, nadie, salvo el Director Técnico, sus asistentes (estratégicamente colocados y con asignaciones muy específicas), los técnicos de la compañía y, por supuesto, los artistas, puede estar. “Todo debe estar despejado. Para orientarse los técnicos usan head lights con una luz muy tenue, la suficiente para ver lo que necesitan ver”. Los bailarines, por su parte, tienen marcaciones de entrada y salida (unas flechas de gran tamaño hechas con cinta adhesiva clara). “Su entrenamiento les hace manejarse con pericia en la oscuridad. Ellos saben lo que hacen; si no, no estuvieran aquí”, acota Ana Camila.

IMG-20181015-WA0192

Se trata de una de las compañías de danza contemporánea más grandes de Israel. Han hecho falta 33 maletas para transportar sus aperos (y los efectos personales de cada bailarín). Son 17 personas (5 técnicos, la directora y el cuerpo de baile, conformado por 11) que darán vida a la aclamada obra White Noise.

Luego de saber lo básico, le agradezco a Ana Camila y me voy en busca de algunos de los chicos que asisten al Director Técnico. Mientras los ubico y hablo brevemente con ellos, en el pasillo los artistas, vestidos para escena (y con abrigos superpuestos que les ayudan a mantener los cuerpos calientes), van y vienen, toman una fruta, alguna galleta, se preparan un té de la estación de comida y bebidas suaves que se les tiene habilitada cerca de los camerinos.

Hablo con Aníbal, uno de los asistentes de Alex, y me comenta que entre sus funciones está ayudar a “arreglar” el escenario, mover los telones, limpiar, tapar cables… Dice que es una experiencia grata, aunque a veces hay que correr para resolver imprevistos en cuestión de minutos o segundos. No tiene mucho más que decir y señala a Hernán, “que tiene más experiencia que yo”, para que lo entreviste. Este no duda en acercarse y responde muy cortésmente a mis preguntas relámpago (no debo abusar de su tiempo; estamos a minutos de comenzar). También le gusta lo que hace, y habla de que lo más importante es que los internacionales [y nacionales, cuando sea el caso] se vayan satisfechos con su trabajo; debe contribuir a que “todo quede como debe quedar”, a que funcione con eficacia.

IMG-20181015-WA0187

IMG-20181015-WA0181

IMG-20181015-WA0186

IMG-20181015-WA0183

Le pregunto a Hernán cómo hacen para comunicarse con los técnicos visitantes, cuál es el protocolo, y él me aclara que quien hace de puente es el Director Técnico. Los técnicos internacionales se comunican con él y él a su vez les da a los locales las instrucciones necesarias. Así se mantiene la dinámica bajo control y todo fluye. No hay margen para los errores o los malos entendidos.

IMG-20181015-WA0191

“5 minutes!”, dice en inglés la voz de mando a los bailarines. Luego, yo me desplazo otra vez al área trasera del escenario a ver qué más se me pega. Si bien no veo ahora mayores trajines, puedo sentir una delgada y compacta tensión en el ambiente. Hace frío. El de la voz de mando pasa frente a mí y le dice a Ana Camila que hay que apagar el aire. Ella desaparece. Al cabo de unos minutos, en el mismo sitio donde he estado haciendo mis notas, él le insiste, no sin algo de  humor: “Whom should I kill to have the air conditioning turned off?” (¿A quién debo matar para que apaguen el aire?) Los bailarines no pueden bailar así, creo que lo oigo murmurar sin aspavientos. Ana Camila responde: I will kill him myself, don´t worry! (Yo misma me encargo de matarlo, ¡no te preocupes!). Y desaparece otra vez. De pronto Alex pasa volado frente a mí, entra  a un cuarto donde seguro deben estar los controles, y resuelve.

IMG-20181015-WA0190

Los danzantes han estado calentando en grupo en el escenario y regresan, despojados de sus abrigos. No parecen tantos. De hecho, no llegan a la docena, como anoté antes; pero cuando estén en escena serán como dínamos que aceleran y desaceleran y se multiplican con la magia de sus desplazamientos.

2 minutes!, otra vez la voz.

Ha entrado un paramédico, entretanto. Estará allí de manera preventiva, por si pasa algún accidente, por si algún artista se lesiona. Nada se improvisa. Nada se da por sentado aquí. La seguridad y el bienestar de los artistas es prioridad uno.

1 minute! Vertigo to the stage, please!

Le pregunto a Alex hasta cuándo puedo quedarme, si quiere que vea o “cubra” algo más o si debo irme. Y me dice que ya, que “puedes irte si quieres a ver el show”. Mi hora de fisgonear ha terminado. Debo salir.

Abandono el área. Entro al teatro Anayansi. Tomo mi asiento. De ese otro lado el público conversa amenamente, en espera de que se abra el enorme telón rojo sangre. El ambiente es distendido, distinto del que acabo de abandonar: allá el aire se podría cortar con navajas; acá no. Irrumpe pronto la voz en off que da la bienvenida, nombra a los patrocinadores, agradece y pide finalmente poner los celulares en modo avión. El viaje comienza. El escenario es poblado de presencias y ruido blanco.

 

FOTOS: © Raphael Salazar y Edouard Serra

Anuncios

WHITE NOISE

Domingo 14 de octubre, Teatro Anayansi, ATLAPA, 8 pm

Vertigo Dance Company

WHITE NOISE

País de origen: Israel

Coreografía y Dirección Artística: Noa Wertheim – Asistente de Coreografía: Rina Wertheim-Koren – Música: Ran Bagno – Director Musical: Roy Oppenheim / Zohar Sharon – Instrumentación: Orit Gur-El – Diseño de Vestuario: Sasson Kedem – Iluminación y diseño de espacio escénico: Dani Fishof – Magenta

Interpretado por: Shane Licht, Etai Peri, Liel Fibak, Hagar Irit Shachal, Sian Olles, Jeremy Alberge, Shachar Dolinski, Korina Fraiman, Yotam Baruch

 

 

EL SONIDO DEL CORAZÓN NO ES  UN “RUIDO BLANCO”

 Por Alex Mariscal

“White Noise” es el interesante título del espectáculo presentado en ATLAPA, hoy 14 de octubre, por la compañía Vértigo de Israel. Según el programa de mano, “Ruido Blanco” indica nuestra existencia a través de la vida, como si esta estuviese arropada en un vestido largo cuyas telas se rozan entre sí y producen  sonidos… “White Noise” presenta una mirada madura sobre el balance del poder y los mecanismos de control, resaltando aún más la complejidad de los extremos; la búsqueda incansable por un momento de silencio dentro de la densidad ensordecedora del ruido que nos acompaña; el estudiar el lugar del individuo dentro de la masa; el confrontar el paso del tiempo y el estar “en el momento”; el distinguir entre lo esencial y lo redundante.

Hay una tendencia en las obras participantes de PRISMA 2018  a utilizar sonidos que nos remiten a la calidad sonora de motores, y Ruido  Blanco no es la excepción.  Sin embargo,  a medida que se atiende a la música, se descubre que ese sonido está producido por cuerdas. No es la grabación de un motor real. Son cuerdas, violines, chelos y contrabajos, ejecutadas en un partitura que remite a ese ronronear de aviones, otras veces a al mugido doloroso de algún extraño animal grande, y, al final, aparecen de forma más tradicional las cuerdas con esos legatos y  no tan glissados para producir sonoridades más propias de la orquesta, con añadido de golpes de percusión. El resultado es una poderosa, variada y extrañamente hermosa banda sonora.

La iluminación es otro de los elementos que habría que colocar en la mesa a la hora de desarticular esta obra. Daría un problema (semejante al del cadáver de Esteban en El ahogado más hermoso del mundo, de Gabo): no se podría colocar entera en una sola mesa. Para ahorrar tiempo y espacio, anotaré que, junto a la música, la iluminación fue creando una diversidad de atmósferas todas erotizantes, desde el suspenso inicial de cuerpos que parecen en la sombra, la nocturnidad de una explanada, la calidez de desiertos, hasta la sensualidad del encuentro de los espacios internos.

Los actores, seis bailarines y cinco bailarinas, cortaron los espacios con sus extensos lounges, subieron a las nubes con sus saltos y bajaron suspendidos en la nada para entrar al piso como palmípedos sobre las telas del océano. Los muchachos, en una algarabía bélica, robaban muchachas que luego provocaban con sus despliegues de provocación y seducción. Un movimiento recurrente en el movimiento de los bailarines en esta  pieza provenía de las caderas.

El programa de mano habla del poder, del individuo y la masa.  Allí en el teatro, cuando aún no lo había consultado, observar las secuencias, la escenotecnia, la limpieza de los movimientos y la reiteración de esos movimientos en primera instancia provocó varias preguntas. Trata de la guerra, trata de la seducción, trata de la solidaridad. Ahora, al leer las notas del programa de mano y ver que la obra tiene una década (premiada en el 2008), quizás mi interpretación inicial, ni la que escribo, concuerde con lo que propone la producción. Es probable que la de ustedes tampoco.

Lo trascendente de esta pieza con que cierra el Festival PRISMA 2018 es que la obra pudo mantenerme atento, tratando de comprender de qué hablaba, y cuando casi había descifrado una supuesta lectura, me llevaba a otro lugar, casi como si me cambiase de puesto, y me adentrara en su dinámica, en su sensualidad, en sus vértigos.

Entonces, comprendo que una obra no tiene que explicarte nada porque no es una conferencia médica. En este sentido, Vertigo Dance Company, de Israel, mete al espectador en un mundo fascinante en el que se experimentan los ruidos deliciosos de una oncena de cuerpos que,  a su vez,  recrean, presentan, y disfrutan un universo  de ruidos ambientales, orgánicos, de cuerpos que se frotan, de arenas por donde se rueda, de aguas sobre las que se nada, y abrazos que disparan el sonido imperceptible del motor sanguíneo del cuerpo.

Y solo al abandonar el teatro, ya en la soledad de la calle, comienzas a comprender el sentido del “White Noise” de Noa Wertheim.

 

 

LA INMENSA CATEDRAL GÓTICA 

Por Brígida Tobón 

A esta catedral que es más cristal que piedra, más luz que cristal, y más espíritu que luz”.  Juan Pablo II

Sonidos profundos que traen a la memoria el espíritu del didgeridoo, instrumento ancestral australiano, indican el camino hacia la ceremonia que está por comenzar. Y digo ceremonia porque además la iluminación con penumbras, entrando la luz desde afuera, le da a la escena un ambiente de belleza y misterio de catedral gótica.

Como clausura del séptimo Festival Internacional de Danza Contemporánea de Panamá, el Teatro Anayansi acogió a la compañía israelita Vertigo Dance Company con su espectáculo White Noise.

Establecida en Jerusalén, la compañía fue creada en 1992 por Adi Sha’al y Noa Wertheim, la cual es médula de un proyecto de eco-arte donde se busca descubrir y potenciar las relaciones entre el arte y la ecología. Vertigo Dance Company ha desarrollado una manera propia de hacer la danza contemporánea: sus montajes buscan sensibilizar sobre la unidad del cuerpo humano con el universo y sostener una forma de vida responsable en relación con el planeta.

Wertheim, coreógrafa y directora artística de White Noise, creó la pieza hace una década, inspirada en el libro Culture Jam de Kalle Lasn, logrando reconocimiento mundial y siendo catalogada como su obra maestra. En enero de 2018, presentó la nueva adaptación en Israel y comenzó la gira por diversos países, entre los que están incluidos Panamá, México, Colombia y Perú.

Los telones se abren y en la quietud del escenario ocho bailarines sentados de espaldas sobre bancos estilo bar. Van vestidos con trajes que podrían ser usados como uniforme en alguna galaxia pobre, lejana años luz de la tierra, o en un monasterio futurista en el que aceptan mujeres con las piernas desnudas y hombres con pantalones de samurái.  El color del atuendo es oscuro. Rayos de luz cenitales entrecruzados caen sobre sus cabezas, que están cubiertas con capuchas.

Los bailarines se acercan al proscenio apuntando con sus bancos que ya se han transmutado en  kalashnikov de luz. Alumbran al público, se alumbran a sí mismos. Se sientan nuevamente dando la espalda. Levantan sus blusas dejando ver un inmenso código de barras que les cubre toda la espalda.

Los bancos son anclados en los laterales y los bailarines danzan por todo el espacio con movimientos suaves, en grupo, horizontales, lentos, en línea, por parejas, en vertical. Salen y entran. Se mezclan y separan. Ya son once cuerpos que se mueven para crear una coreografía que juega con los tiempos, con el movimiento, con la composición escénica.  Cae la oscuridad.

Y cuando regresa la penumbra, al compás del didgeridoo, que ahora remeda el lamento de los búfalos, una mujer escarabajo hércules atraviesa en diagonal el escenario con su cabello peinado en punta hacia el cielo, como cuerno. Camina con extrema lentitud con sus patas que son los pies, pero también las manos, contorsionando el cuerpo que ahora es de insecto pero que aún conserva en la memoria del movimiento el erotismo de la fémina. Se instala como diosa en lo alto mientras un grupo de cinco danzan con música influenciada por el rock.

Es conmovedora y repleta de poesía la escena en que, uno por uno, los bailarines suben a la torre del miedo y se lanzan al vacío. Sería fácil leerlo como un suicidio colectivo por depresión. Más bien, habría que mirarlo como la entrega total hacia el otro, que te recibe, que te permite volar. Es el símbolo de la confianza que hace falta en esta sociedad llena de prejuicios y temores.

El espectáculo está sustentado sobre una excelente técnica, combinando elementos de danza clásica y tribal, yoga, acrobacia y también teatro. Es un montaje que transpira perfección porque el lenguaje de la música y las luces se unen con precisión al estilo de danza y al acontecer de la escena. No obstante ello, hay que remarcar que la composición musical y la iluminación tienen un alto valor artístico propio, que exhibe independientemente el inmenso talento de Ran Bagno y de Dani Fishof, creadores de estos dos ítems.

White Noise es una reflexión profunda sobre el hombre y el proceso de humanización y deshumanización. Llama a contemplar el sacro ritual del movimiento pausado y del silencio. Al desespero, a la angustia que produce la velocidad y el berrido que aturde y no da pausa.

La obra, que por momentos pareciera que sucede en otro planeta, posee una fuerza visual que impacta y conmueve. La oscilación entre lo recio y lo mórbido durante la danza mantiene al espectador en un vaivén de emociones; vaivén que lleva a discurrir dónde se encuentra el balance, cuál es el punto de equilibrio y el sinsentido de los extremos, de lo que sobra, de lo que disturba.

El lenguaje musical de la obra narra a través de diversos sonidos. La partitura escrita con notas de chelo e instrumentos de viento es acompañada por baterías de rock, risas, murmullos, relojes impacientes, crujir de puertas, chasquidos de dedos y voces que emulan en inglés las instrucciones de waze.

Las luces en el montaje trascienden porque buscan otra forma de luz, una metafísica que atrape “la luz no usada”, como la llamó Miguel de Unamuno. “Rayos luminosos, haces y cortinas de luz que cruzan los espacios para buscar a toda costa un efecto sorpresivo y trascendente”, como en los recintos religiosos góticos, y generando un efecto particular y místico  de constante mutación en la escena.

Ante un espectáculo de tanta perfección y belleza no le queda al espectador sino acallar los ruidos internos, calmarse y entregarse a vivir sensorialmente lo que transcurre sobre el escenario.

WHITE NOISE es inmensa como una catedral gótica.

 

BRUIT DE COULOIR en el BioMuseo

Domingo 14 de octubre, BioMuseo, Amador, 5 pm

Clément Dazin

1

País de origen: Francia

Creación e interpretación: Clément Dazin – Diseño de iluminación: Freddy Bonneau – Diseño de sonido: Grégory Adoir – Asesoría coreográfica: Bruno Dizien / Aragorn Boulanger / Johanne Saunier

2

Malabares bajo el árbol metálico de la biodiversidad

Por Alex Mariscal

En la tarde de ayer, 13 de octubre, en el Museo de la Biodiversidad se hizo espacio para que el público tuviese otra faceta del Festival Prisma 2018. Uno de los espectáculos que ya había sido presentado en sala se programó para las diecisiete horas con la misión de ofrecer una segunda oportunidad de verlo y, para algunos, como yo, ejercer una segunda mirada, ahora en espacio abierto, repleto de niños que se disponían alrededor del cuadrilátero de linóleo instalado especialmente para recibir al bailarín.

Antes de entrar al BioMuseo, estuve merodeando por los alrededores, viajando en el tiempo unos 350 millones de años atrás, cuando  -¿sabía usted?- no existían las flores. En ese jardín encontré el árbol de la vida, una enorme higuera que se caracteriza porque deja descender una especie de “raíces” que al tocar el suelo comienzan a engrosar, convirtiéndose en un nuevo tallo; es decir, que la higuera con los años se convierte en algo así como un multi-árbol.

En esa tarea de comprender la grandeza de la naturaleza, me topo con un individuo que se arrodilla frente al árbol y realiza un encuentro con este, un diálogo.

El hombre sin zapatos caminó más tarde y se colocó a mi lado, y, con esa energía de lo milenario de la vida que puede transmitirte una higuera, me saludó. Eso pensé. Luego me di cuenta de que era el ejecutante esperado y yo le estaba usurpando su espacio de apertura.

Me moví y me coloqué en una esquina del cuadrilátero, que ya había recorrido buscando un buen punto de fuga para mi perspectiva. El espacio dispuesto para el espectáculo está bajo una ramificación de vigas que me hizo pensar, por analogía, en el árbol metálico de la vida. El museo acoge una información histórica sobre la vida en las ramas de esta arquitectura, inteligentemente diseñada y realizada por Frank Gehry.

Al entrar Clément el silencio se hizo, y la música, la misma pista que ya había escuchado en la sala del Anita Villalaz, se convirtió en  otra polifonía que se integraba al aire, a los sonidos de las aguas y de los pájaros que nos sobrevolaban.

Clément avanza en línea recta “malabareando” unas bolitas blancas muy cerca de su abdomen. Se detiene y mira hacia el público; no al público. Unos niños, dos hermanitos, de quizás cuatro  y tres años, remedan cada movimiento. Se sonríen, se asombran.

Las pelotas caen al piso y ruedan hasta los pies de una niña muy pequeña, y esta toma una de ellas y la regresa al bailarían, quien, acostumbrado a la relación con los espectadores, o queriendo explorar lo lúdico de ese encuentro, patea suavemente una y luego otras al tiempo en que la niña persiste en devolverlas.

3

La luz de la sala se fue coloreando de gris a medida que entraban los barcos al canal y las montañas del otro lado del puente de Las Américas abrigaban la yema de un huevo incandescente.

En la penumbra, una multitud de rostros atentos clavaban sus ojos en el movimiento controlado y sutil de un gran ejecutante.

Clément detuvo todo movimiento de su cuerpo, y una música de manos se levantó llenando el árbol metálico de vida, de batir de alas de pájaros ancestrales.

A la distancia los barcos seguían ondeando, y parecía también que las olas vitoreaban a Clément, junto con toda la familia bajo las copas del BioMuseo.

7

 

LA DESNUDEZ

Sábado 13 de octubre, Teatro Ateneo, Ciudad del Saber, 8 pm

Cía. Daniel Abreu

LA DESNUDEZ

País de origen: España

Dirección, coreografía, espacio: Daniel Abreu – Interpretado por: Daniel Abreu, Dácil González – Músico: Hugo Portas – Música: Tarquino Merula / Claudio Monteverdi / Gabriel Fauré / Henry Purcell – Iluminación: Irene Cantero – Realización de escultura: David Benito – Realización de vestuario: Ángeles Marín

 

DULCE Y NOSTÁLGICA DESNUDEZ

Por Alex Mariscal

 

Esta noche, sábado 13 de octubre,  presencié en el Ateneo la obra danzaria: “La desnudez”, de la Compañía Daniel Abreu (España).  Un diseño sutil de luz con filtros light blues nos revela un hombre que transporta reglas de madera de diversos tamaños y grosores, desde la pared del fondo hacia proscenio derecho. Allí, los tira en el piso. En el fondo derecho un cuerpo se mueve bajo una tela; cuando se descubre, es el de una mujer con blusa crema semitransparente y falda celeste larga de gran vuelo.

Paulatinamente los personajes se relacionan con diversidad de objetos.  Crean instantáneas poéticas como cuando la mujer apila maderas sobre un hombre en suspensión. Uno se pregunta si quieren representar un Cristo crucificado, porque además, el atuendo de ella remite a tiempos lejanos. ¿Por qué razón me hacen pensar más en la Virgen que en Magdalena? La tela sobre el piso que se alza englobándose y crea dunas, graves pulmones telúricos. Una tuba abandonada en proscenio por su amante vestido de negro. ¿Es otro testigo de esa cotidianidad expresionista que crean los actores?

El tubista crea música diegética a dúo con otra tuba extradiegética. El sonido de Hugo Portas es maduro.  Las otras melodías apelan a la polifonías que van desde el siglo XVI al XVIII: Tarquino Merula, Monteverdi, Gabriel F. y  Henry  Purcell.

Al avanzar la pieza, si uno no supiera que es un festival de danza, fácilmente podría pensar: son actores de teatro, no virtuosos bailarines;  ejecutantes muy flexibles, rítmicos, ambos plasticidad de movimiento. Y aquí echo mano del programa. Dice que se trata de “Dos personas que provocan el impulso de estrechar los lazos, pero queriendo mantenerlos flojos para poder desanudarlos rápido”.

Luego hay una escena en la que ambos actores se desprenden de sus ropas. Es una pareja, están en la intimidad; es obvio que se desnuden, es obvio que se ataquen, y a veces quieran destruirse el uno al otro. Aclaro, no es lo ideal. ¿Qué pareja se acerca al modelo de María y el carpintero judío?  Ninguna. Sin cuestionar lo obvio, que José no fue el padre biológico de la criatura en el pesebre. Eso es harina de otro costal.

Con el desnudo, el objeto-cuerpo se integró al lienzo celeste, a la música rabiosamente triste, a la tuba abandonada que brillaba muda en semipenumbra bajo la mirada indiferente de su ejecutante, como novia que por el resto de la noche no será besada.

En la parte final, hay una secuencia de celebración. Ya vestidos nuevamente de cotidianidad, bailan como cualquiera. Salen y luego el hombre entra y carga sobre sus hombros un contrabajo; lo abandona en el escenario. ¿Será que cargar un contrabajo ironiza el hecho del trabajo de cargar con la pareja?

Al tratar de armar unas líneas para articular los objetos-hombre-objetos-mujer de esta pieza fragmentada, tuve la corazonada de pensar si simplemente el coreógrafo apelaba a una estética de la recepción, y al tratar de hacerme con una tesis más sólida al respecto, casi recurro nuevamente a mi sabio amigo,  mi mascota, el hermoso Bob.

Sin embargo, decidí arreglármelas en soledad, con lo que reza en el programa mano: “El ejercicio de ejercer el amor y sostenerlo. Se construye y se destruye, como el acto de la respiración”.  El acto de la respiración es la base de la vida, es simple, es cotidiano, no es nada estrafalario. Entonces, será que por esa razón los bailarines simplemente representaban los más sencillo de una rutina y no hacía falta, entonces, un clímax explosivo, ni múltiples orgasmos, ni exhibición de piruetas o saltos, porque el mundo erotizado de los amantes es como la estructura de una “polifonía mesurada” y no la estridente música que usualmente escuchamos en la realidad circundante.

 

P.D. Mi muy extraña Desnudez: quiero afirmar que me gustó la atmósfera, la elección de los objetos, el tono suave y erótico, lo extra-cotidiano de las líneas, del movimiento y de las frases;  la reiteración de los contactos y sobre todo esa calidad teatral de cada momento. Sobre todo, el color y tonalidad de esa música de los maestros europeos. Pero, te confieso, no me llenó de muerte, ni de gran vitalidad; solo de una dulce y deliciosa nostalgia.

 

 

SENTIMIENTOS AMBIVALENTES

Por Brígida Tobón

LA DESNUDEZ llegó al escenario del Teatro Ateneo de Ciudad del Saber y dejó sentimientos ambivalentes flotando en el ambiente. La propuesta escénica, con coreografía y dirección del español Daniel Abreu, podría etiquetarse entre la danza contemporánea y el teatro, deslizándose de una a otra disciplina artística sin aparente conexión en el guion o en los tiempos dramáticos.

En la obra, que fue estrenada en octubre del 2017, participan los bailarines Dácil González y Daniel Abreu, y Hugo Portas en la interpretación de la tuba. Abreu, reconocido en Europa dentro del mundo de la danza contemporánea, ha creado o dirigido más de sesenta espectáculos en los últimos diez años y fue merecedor al Premio Nacional Español de Danza 2014 a la Creación Artística.

Cuando el público entra a la sala se enfrenta con un palco escénico cubierto con una tela negra; al fondo, apoyados contra la parte posterior, un conjunto de tablones estrechos y de diversa longitud descansan. Un hombre, de pantalón azul oscuro y camisa negra, sentado mira a los espectadores, camina por el escenario. En el otro extremo se ve un bulto negro tirado sobre el piso.

Las luces del anfiteatro se apagan y las del escenario se tornan penumbras. La música electrónica irrumpe. El hombre comienza a transportar los listones de madera al proscenio con pequeños movimientos de danza, mientras el cuerpo bajo la inmensa tela negra camina como un fantasma, que es mujer y que después de recorrer el escenario sale por una esquina vestida con una falda azul, una blusa de seda y el cabello muy largo en trenza.

Él, semi inclinado, se convierte en eje que sostiene con la espalda, los hombros y los brazos, los tablones inmóviles, desafiando la gravedad por el perfecto balance del entrecruzamiento de unos con los otros. La mujer se acerca y  llena los vacíos de la escultura, poniéndole los remanentes de tablas que  quedan en el suelo como si se tratara de armar un juego de mikado.

Pero no dura mucho el encierro, porque el hombre, con la respiración que crece y mínimos movimientos, va deshaciendo la armazón sobre su cuerpo. Ambos se miran. Ella se va.

Luego ella baila bajo el influjo de una ópera. Él recoge por pares los tablones y los va regresando a la posición inicial.  Ellos se miran, bailan solos y juntos, con delicadeza y sensualidad. Ella le pasa una tabla con la boca, le tira otras tablas al pecho, que él deja caer. Las recoge para danzarlas y las vuelve a dejar caer. Se unen y se rechazan. Ella lo carga en sus espaldas. Él la pone a volar agarrando su cintura.

Entonces la tela sobre el piso se convierte en un mar negro, con olas gigantes donde los bailarines se desnudan y danzan. Ella tapa con la mano su sexo como si estuviera poseída por la venus de Urbino o la de Boticelli y él se envuelve y retuerce en el lienzo para convertirse en momia egipcia. Entra un hombre que toca la tuba y se integra con el devenir de la obra.

Se vuelven a vestir, pero ya con jeans, para bailar bajo las luces de discoteca y los robóticos sonidos de la música electrónica. La mujer sale de escena  y regresa desnuda envuelta en un lienzo blanco.  Al final, el hombre entra con cinco bolsas amarillas llenas de humo, una de ellas envuelta en su cabeza. Porta también un contrabajo que pone sobre el piso. Salen todos de escena abandonando la tuba y el bajo y una partitura.

La música combina los acordes de una tuba que hace parte de la escena con los sonidos en off que van desde la ópera hasta el trance. La partitura de la obra está muy bien concebida y da sostén a la puesta en escena. Además, resulta interesante y novedosa la convivencia de música diegética y extradiegética en el mismo tiempo.

La coreografía, cargada de elementos simbólicos y poéticos, arranca con fuerza. La construcción y devastación de una relación de amor representados con la escultura que se esculpe en escena es quizás el momento más emotivo del montaje. Él, atado a una historia que no le hace feliz; ella, que insiste en recomponerla; los dos intercambiando los tablones con la boca como pájaros que cargan las pajas para construir el nido.

Otros momentos como el océano de tul negro que invade con sus olas todo el escenario, o las bolsas con humo mostrando la vacuidad de la relación, son indudablemente imágenes bellas e impactantes.

Sin embargo, la obra deja la sensación de que carece de algo. Es como un hermoso cuerpo sin alma. Le falta fuerza, no tiene un clímax que sacuda y sensibilice. Da la impresión de que toda la parte media no aporta nada al espectáculo. La desnudez de los bailarines es sofisma. Es peligrosa tanta economía en la interpretación dramática. Y hay aridez en el contenido que busca palpar la esencia de la condición humana.

PRISMA LAB: encuentro

Sábado 13 de octubre, Instituto Nacional, Santa Ana, 4 pm

María Paula Pérez (Colombia) / Ángel García (México)

1

“¿Qué es el arte sino una constante revolución?”

Dirigido por María Paula Pérez Yate (Colombia) y Ángel García (México)

Intérpretes: Jóvenes seleccionados de los proyectos sociales Enlaces, Danzárea, Movimiento Nueva Generación y Danza Nova

FOTOS: © Eduard Serra / Raphael Salazar

 

LA DANZA: agente de cambio socio-cultural

Por Salvador Medina Barahona

Durante el festival PRISMA la enseñanza de la danza se toma tan en serio como las presentaciones de sala de pequeñas y grandes compañías. Su programa pedagógico, patrocinado por el Banco General y la Fundación PRISMA DANZA, incluye una serie de talleres, charlas, clases maestras y workshops cuyo objetivo es “ofrecer una plataforma para el intercambio de ideas y conocimientos entre los artistas participantes del festival y el público panameño, ya sea bailarín, estudiante o no bailarín”.

En ese contexto, surge en 2017 el PRISMA LAB, un workshop que hace su rendición de cuentas a través de la puesta en escena de obras “construidas” con la participación de, por un lado, profesionales de la danza local e internacional, y, por el otro, de jóvenes provenientes de proyectos sociales.

Suelen ser dos propuestas por festival, con directores distintos.

Una de ellas se presenta como el preámbulo (caso de este año) o como apertura de esta fiesta de la danza.

El año pasado, el lab de apertura estuvo dirigido por el coreógrafo mexicano Omar Carrum.  Los resultados fueron presentados en una apoteósica intervención que se tomó todos los espacios del BioMuseo de Amador, la imponente estructura multicolor creada por Frank Gehry, jugando con su entorno marino.

Este 2018 Carrum nos ofreció, en colaboración con PRISMA DANZA, Anniela Huidobro, Karen Marenco y 21 artistas profesionales de la escena “Corpo Gourmet”, evento, pues, producto de este plan de laboratorios, que integró danza, teatro, gastronomía y arquitectura, y culminó con una extraordinaria intervención en la mansión Heurtematte, como una gala benéfica previa a la gran fiesta.

El otro proyecto del PRISMA LAB se ofrece la víspera de la clausura.  Pero antes de hablar del de este sábado 13 de octubre de 2018, sería bueno hacer un poco de historia:

Hace un año (sábado 14 de octubre de 2017) “miramos un primer resultado del laboratorio que km29, de Argentina, llevó con un grupo de púberes y adolescentes de Panamá, becados por Prisma”. Estas son palabras textuales de  la experta ecuatoriana en corpoescrituras Bertha Díaz, quien entonces también nos hizo esta observación en el blog de PRISMA, que coordinaba: “encontrar un lenguaje propio. uno que destierre al movimiento del lenguaje codificado. la danza no se impone en los cuerpos, se dispone para ellos: los libera y así ella adviene. permitir que los cuerpos hablen desde su sitio. desde su edad. desde sus condiciones físicas, sensibles, desde su memoria… retornamos a ese momento vital. acompañamos. continuamos… siendo otros. la danza vibra siempre nueva”.

El taller / muestra ahora recayó sobre los hombros de María Paula Pérez  (Colombia) y Ángel García (México) y estuvo dirigido a 13 jóvenes seleccionados a través de un proceso de audición, y que forman parte de los programas de danza Enlaces, Danzárea, Movimiento Nueva Generación y Danza Nova, liderados por ONG’s.

13

“Me parece muy importante tener estos espacios de encuentro generacional porque los niños y jóvenes siempre van a ser un tesoro”, dice con esperanza María Paula Pérez, minutos antes de la  presentación en el aula magna del Instituto Nacional que, por segundo año consecutivo, acogió la iniciativa. Por su parte, Ángel García dice sentirse  “muy feliz de poder estar en el festival, principalmente por la tarea de trabajar con jóvenes que están comenzando, lo que es totalmente diferente de trabajar con adultos o profesionales”.

El Instituto Nacional, conocido como el «Nido de Águilas», es un colegio público ubicado en el corregimiento de Santa Ana en la ciudad de Panamá. Fundado en 1909 y trasladado en 1911 a su actual ubicación, es de arquitectura neoclásica, que marca su posterior desarrollo estético y estilístico en los principios de la república. En su vestíbulo se encuentra una placa de bronce grabada con la siguiente  frase profética de Ralph Waldo Emerson: “Solo los que construyen sobre ideas construyen para la eternidad”. Tal parece, pues, que sobre las ideas e imaginarios de la danza el Festival PRISMA construye un acervo de futuro entre niños y jóvenes que muchas veces vienen de áreas vulnerables de la sociedad panameña.

9

Así, frente a un público infantil, juvenil y adulto de diversa procedencia, 13 niños y niñas dieron cuenta de su talento para la danza durante veinte minutos en que la fusión de músicas del mundo (fragmentos de la pieza de un cuarteto de cuerdas europeo, un jarocho, otra pieza balcánica con acentos latinos, el bolero “Tú me acostumbraste”, de Chavela Vargas, y jazz fusionado) trazó la ruta de viaje y creó, para los cuerpos y sus espectadores, una atmósfera de expresión universal.

Por estos días octubrinos, la hermosa aula magna del Nido de Águilas tiende a oscurecerse un poco; por eso el equipo de luminotécnicos ha procurado una iluminación indirecta de paredes y techo.

El ingreso de los danzantes se da en silencio, pasadas las cuatro de la tarde. Entran uno tras otro. Se ubican y hacen su coreografía al fondo izquierdo del escenario. Desplazamiento al derecho del mismo. Corporalidad buscando su lenguaje, ensayando. LAB. Vueltas en dos grupos que se han conformado ocupando todo el espacio disponible. Encuentro y desencuentro. Fusión y ruptura. La música irrumpe. Una chica corre de un lado al otro, en línea diagonal, hasta que la intercepta un joven que ha estado parado a su espera. Hacen su danza tangueada con la primera melodía. Él la levanta en brazos. El resto de los bailarines, que está al lado derecho, al fondo, hace lo mismo: en parejas danzan al ritmo de las csardas en las que desemboca el cuarteto de cuerdas. Controlados movimientos de piso. LAB. Movimientos de danza contemporánea. LAB. Desplazamientos hacia y desde todos los puntos cardinales, saltos. Levantan al fondo (derecho) a uno de los bailarines que queda en el hombro (derecho) del más alto del grupo.  Se dirigen ambos al centro. Suena  ahora el jarocho. Se ha integrado un tercero a la escena principal. El trío ejecuta su danza de engranaje, mientras el resto, al fondo fondo, hace rutinas de calentamiento, LAB, LAB, LAB. ¿O acaso serán diálogos de los cuerpos en pequeños grupos? Columna en diagonal que se rompe en saltos medios. Trotes. Desplazamiento grupal en semicírculo. El más pequeño de todos danza entre el tumulto que va en procesión. Al completar el medio círculo, él cae, y se incorpora, y hace un solo mientras suena “Tú me acostumbraste”, y va a estrellarse con el conjunto de cuerpos que lo hacen rebotar tres veces. ¿Rebote o exclusión? Disolvencia. Al lado derecho, una semipirámide de cuatro niños en moción. LAB. Entra la pista siguiente, all that jazz! Están en su apogeo, la danza los posee. Y otro niño hace otro solo, muy solvente. Algo saca del bolsillo ese niño. Acaso una moneda. Acaso una piedra. Acaso un punto de disolución. LAB. Y la tira hacia arriba, y la apaña, y se retira, y fin.

El saludo. El aplauso cerrado del público. Alguien está construyendo el futuro a partir del más arduo presente.

“¿Qué es el arte sino una constante revolución?”, rezan sus notas de programa.

Y dicen más:

“En tu generación y la mía: tú y yo; yo niño, tú joven; yo joven, tú niño. ¡Deja que juguemos, deja que corramos, deja que opinemos para que crezcamos, deja que seamos el arte de nuestro tiempo! Cuando sea grande me quisiera enamorar en este lugar: de tus historias y las mías”.

¡Sea!

4

23

6

5

10